RADIO KRIMINAL

domingo, 23 de junio de 2019

Cultura | La ruta musical de los esclavos en Latinoamérica | Por Jordi Savall


¿Cómo es posible que las personas esclavizadas aún quisieran cantar y bailar? La respuesta es muy sencilla: el canto y el baile al ritmo de la música abrían un espacio para la expresión y la libertad.

A pesar de que durante cerca de cuatro siglos, desde 1492 hasta 1888 (año en el que se abolió la esclavitud en Brasil), los países europeos deportaron más de 25 millones de africanos hacia la esclavitud, el público general no tiene lo suficientemente presente este período —uno de los más dolorosos y reprochables de la historia de la humanidad—. Aquellos hombres, mujeres y niños que fueron sacados brutalmente de sus pueblos en el continente africano y en Madagascar hacia las colonias europeas sólo llevaron consigo su cultura de origen: sus creencias religiosas, su medicina tradicional, sus costumbres culinarias y las canciones y bailes que se preservaron en los nuevos destinos llamados asentamientos o plantaciones.


Pero el canto y el baile eran una manera de manifestar sus dichas e infortunios, su sufrimiento y esperanza. Para todas estas gentes con orígenes e idiomas diametralmente opuestos, el canto y el baile proporcionaban un universo compartido y una forma de resistirse a la negación de su humanidad.


La música viva, heredera de las antiguas tradiciones de los descendientes de esos esclavos que dejaron huellas profundas en la memoria de los pueblos afectados, desde las costas de África occidental, hasta Brasil, México y las islas del Caribe, con formas musicales hispánicas y europeas inspiradas en los cantos y bailes de los esclavos, indígenas y pueblos de todo tipo de mezcla racial. La herencia africana y americana se combina así con elementos importados y tomados de la época renacentista y barroca de Europa.



Gracias a la sorprendente fuerza vital y la profunda emotividad de su música, la historia de la segunda etapa del “comercio triangular” y el tráfico de esclavos que aún perdura en la memoria de los descendientes de las víctimas en Brasil (jongos, caboclinhos paraibanos, ciranda, maracatu y samba), Malí (cantos de griot), Colombia, México y Bolivia (tradicionales cantos y bailes africanos). La colaboración más o menos forzada de los esclavos en la liturgia de las iglesias del Nuevo Mundo se ve representado en villancicos de negros, villancicos de indios y negrillas, canciones cristianas compuestas por Mateo Flecha el Viejo (La negrina), Juan Gutiérrez de Padilla (manuscritos de Puebla), Juan de Araújo, Roque Jacinto de Chavarría y fray Filipe da Madre de Deus, entre otros, que surgen de una cultura de conquista y evangelización forzosa.


Nuestro objetivo es mantener viva la memoria de esta tragedia humana y rendir homenaje a las víctimas de la terrible trata de millones de hombres, mujeres y niños africanos que fueron deportados sistemáticamente durante siglos. No debemos olvidar que el “comercio triangular” que unió a Europa, África y el Nuevo Mundo y que apuntaló el crecimiento económico de las principales naciones de Europa y sus colonias en América no se abolió hasta finales del siglo XIX. Posiblemente las potencias de hoy —que tanto se beneficiaron del trabajo gratuito de los esclavos en tiempos coloniales— deberían reflexionar acerca de su responsabilidad en la difícil situación actual de los pueblos africanos y proponer soluciones más eficientes y humanas ante los problemas de inmigración clandestina hacia el sur de Europa.


Los ritmos y las canciones nos traen a la memoria aquella historia forjada en el sufrimiento, cuando la música llegó a ser un medio de supervivencia y, por fortuna para todos nosotros, el único remanso de paz, consuelo y esperanza.

sábado, 1 de junio de 2019

La música, en camino de ser un medicamento más | Por Isabel Miranda

Pitágoras aseguraba que la música curaba el insomnio. Siglos después, dicen que Johann Sebastian Bach escribía las Variaciones Goldberg para atajar las noches en vela del conde Hermann Carl von Keyserlingk. A lo largo de la historia, no han sido los únicos en intuir los beneficios que tiene la música sobre la salud. Sin embargo, aún faltan evidencias clínicas y un protocolo. Por ello, el Hospital Universitario 12 de Octubre y la ONG Música en Vena se han propuesto demostrarlo.
Clásica, flamenca o jazz. A pie de cama de los pacientes, hasta 100 jóvenes artistas interpretarán diferentes piezas musicales con guitarras, oboes y hasta pianos dentro del programa «Músicos Internos Residentes». Desde noviembre, ya lo han hecho con 120 pacientes en la UCI, 28 en rehabilitación y 30 neonatos, mientras los médicos registran sus constantes vitales, realizan baterías de test neuropsicológicos y preparan otras pruebas como resonancias magnéticas. Todos los medios que tienen a su alcance para registrar los efectos de cada nota en el paciente.
Los primeros datos están en fase de análisis, pero los participantes han podido comprobar que «curan» cuando las pulsaciones de una persona en cuidados intensivos se estabilizan al escuchar una partita de Bach o cómo un bebé neonato se agarra al pecho de su madre y empieza a alimentarse por primera vez al escuchar una nana flamenca susurrada al oído, explicó el jueves el director de Música en Vena, Juan Alberto García, durante la presentación del proyecto en la SGAE.
Hasta ahora, este programa se ha desarrollado en Medicina Intensiva, Neonatología y Rehabilitación del 12 de Octubre, pero pronto se extenderá a Neurología, Hematología y Cardiología. «Hay que transformar estos lugares en sitios confortables, amigables y optimistas», explica Carmen Martínez de Pancorbo, Directora Gerente del hospital. Todo influye en la recuperación, y la música puede ser «un medicamento más», dice Yerko Ivanóvic, neurólogo y compositor, «la evidencia científica es lo que hace falta». Solo gracias a ella se podrá crear un protocolo para su aplicación.
La otra cara del programa la ofrecen los artistas implicados. Vestidos con bata, se enfrentan con su instrumento a unas situaciones que a veces son complicadas. Guillermo Vilchez, uno de ellos, ya ha participado en 60 microconciertos. «Una vez estás con el paciente, todo es observar», cuenta. Porque para estos músicos tampoco hay un protocolo. En ocasiones se salen de los géneros clásicos para conectar con el paciente. Como Juan Sánchez, que hace unos días estuvo con una chica, muy débil, que acababa de recibir un trasplante de corazón. El flamenco era demasiado triste en ese momento, y acabó tocándole una samba. «Yo creo que les ayuda. Puede sonar a ciencia ficción, pero aquí tenemos a médicos e investigadores que lo defienden. Es lo mejor que podía pasar».