RADIO KRIMINAL

domingo, 28 de julio de 2019

El arte puede generar procesos de sanación de la violencia: Alfonso Hernández (antropólogo)


El arte puede generar muchos procesos de sanación de la violencia, aseveró el maestro Alfonso ‘Poncho’ Hernández Gómez, antropólogo que acudió a la Universidad Iberoamericana Ciudad de México para tomar parte en el conversatorio ‘Educación y cultura de paz’, organizado por la Vicerrectoría Académica de esta casa de estudios.

‘Poncho’, quien ha estudiado a distintos colectivos artísticos y culturales en diferentes partes de México, aclaró que, usado para combatir la violencia a nivel individual, el arte es más que nada una herramienta, un medio, no el fin en sí mismo; en tanto que colectivamente, muchos grupos utilizan el arte como forma de llegar a cierta comunidad e intervenir en determinado contexto en donde hay demasiada inseguridad o violencia.

“Entonces el arte tiene la capacidad, por un lado, de generar procesos de sanación individual, de resiliencia y de toma de acción del sujeto, o sea, de ser agente social para cambiar nuestra realidad; y, por otro lado, es una herramienta muy efectiva para trabajar con determinados grupos o en determinadas comunidades”.

Interesado en temas de investigación concernientes a la cultura de paz, la antropología del conflicto y la violencia, Hernández Gómez señala que esta última es muy compleja y por eso debe atenderse desde muchos frentes diversos; “hay quienes hacen actividades ambientales, hay quienes trabajan con jóvenes de pandillas, hay quienes hacen murales colaborativos, hay quienes hacen murales para buscar a sus hijas desaparecidas”.

Él, como coordinador de proyectos comunitarios y culturales, uno de ellos, la ‘Red de Arte de la Paz’, apela a compartir experiencias, sin necesariamente ser un artista en el sentido formal del término, pues una persona puede “ser un artista de la paz” desde el momento en que actúa y genera actividades creativas que muevan la sensibilidad, por ejemplo, a través de la danza, el muralismo, el rap o hasta el grafiti.


Dialogar, para atender el conflicto

Sobre los conflictos, dijo que se experimentan día a día porque forman parte de las relaciones humanas. Pero entre más herramientas se tengan para atenderlos, para tener diálogo, para comunicarse mejor y tener empatía, se evitará que los conflictos degeneren en violencia, “que es el gran problema, no tanto si hay o no conflicto, sino cómo gestionamos el conflicto y cómo respondemos al conflicto”.

Para avanzar hacia una sociedad no violenta, ‘Poncho’ recomienda empezar desde el individuo, desde sus valores, desde su carácter, desde su visión del mundo y de sí mismo. “Teniendo una conciencia más amplia de nosotros mismos y de la cultura en la que estamos inmersos podremos gestionar los conflictos de mejor manera, y avanzar, esperemos, hacia una sociedad con menor violencia”. Mas lo básico es aprender a respetar la vida, “y a que estamos más conectados que desconectados, que hay más cosas que nos unen que las que nos separan”.

En torno a cómo puede la academia colaborar con los actores sociales, como él, para lograr una educación y cultura de paz, el maestro Hernández mencionó que hay que basarse en el diálogo de saberes.

“Los expertos somos todos, dependiendo del campo en el que estemos; unos tienen más conocimiento académico, otros tienen conocimiento de la vida, otros conocen la experiencia de las comunidades, hay grandes artistas que quizá ni siquiera fueron a una escuela de bellas artes. Pero es en esta diversidad de actores y entidades donde se puede construir un nuevo diálogo, más constructivo, porque no sólo es labor de la academia, de las asociaciones civiles o de los artistas combatir la violencia, sino que es algo en lo que todos debemos de colaborar”.

En el caso específico de la universidad, consideró que ésta tiene que salir más hacia la comunidad, hacia los barrios, hacia las calles. “Que los estudiantes vayan y se ensucien un poquito las manos, que trabajen en campo; que los docentes dialoguemos más con ciertos actores, que no por no ser de la academia carecen de la misma validez”.

Estudiantes y profesores universitarios tienen que romper prejuicios e ir a comunidades, barrios y colonias, incluso los estigmatizados, como Tepito, para conocer a la gente, ver la realidad y descubrir mucho más. “Y ahí se va a romper el miedo, que nace siempre de no conocer al otro”.

miércoles, 24 de julio de 2019

Nietzsche y el arte de aprender a callarse | Por Ainhoa Suárez Gómez


Nietzsche fue uno de esos filósofos que tenía que salir a caminar antes de sentarse a escribir. A diferencia de Kant que todos los días hacía una caminata de una hora por la misma ruta sin importar el clima, las de Nietzsche eran impredecibles. Algunas llegaban a durar cerca de ocho horas porque, como él mismo lo decía, hay pensamientos que sólo se pueden tener en soledad y a 6,000 pies de las montañas. Salir a caminar a solas, en silencio y por tiempo indefinido no era una mera distracción de las intensas horas de escritura, sino el momento en que la escritura misma nacía.

A lo largo de sus obras, uno de los temas recurrentes es la reflexión sobre el papel de lo acústico y su relación con el conocimiento. El análisis de Nietzsche sobre el lugar que ocupa el sonido en el pensamiento comienza como una crítica pues, como lo explica en El nacimiento de la tragedia, las interpretaciones tradicionales le conceden a las imágenes un lugar privilegiado que es acompañado por la música como un complemento. El sonido tiene una función meramente decorativa que sólo hace eco de lo que ya se ha escrito. En contra de esta concepción, el filósofo propone un camino en donde sea el sonido el que genere el conocimiento, en donde el poeta épico absorto en la pura contemplación de imágenes se fusiona con el poeta lírico que busca experimentar con lo sublime, las emociones, el caos y la música.


Según Nietzsche, la poesía lírica emerge como un acto previo a la escritura en el cual prevalece un “ánimo musical”, una cierta atmósfera sonora anterior a las ideas poéticas que sólo vienen después de que se ha tomado conciencia del sonido. Esa melodía, dice, es la que da luz a la poesía. Ahora bien, si el sonido tiene este papel fundamental en la producción del lenguaje, lo lógico sería preguntar a qué tipo de resonancia audible se refiere. Su respuesta es bastante precisa y la encontramos también en El nacimiento de la tragedia cuando caracteriza esta musicalidad como una “extraña voz”. Una voz interna que, por debajo de la pesadez que suele caracterizar al alemán, lo invoca en un tono extranjero pero también místico. Una voz inaudible que a pesar de que entra a través del órgano más abierto, el oído, tiene una intención poco clara. Una voz silenciosa que sabe comunicar pero también ocultar si no se escucha correctamente.

Este sonido mudo al que se refiere el filósofo sólo puede ser escuchado por lo que él llama el tercer oído. En Más allá del bien y el mal, Nietzsche menciona que los libros escritos en alemán son una tortura para quien tiene el tercer oído pues se deja de contemplar lo que hace de la escritura un arte. En otras palabras, se deja de considerar su musicalidad. Para Nietzsche, estos autores colocan las palabras lentas y frías sin pensar en el ritmo, la armonía, la sucesión de vocales y diptongos, ni la ruptura de la simetría. Es ahí, en la interrupción del tiempo, en el juego entre el sonido y el silencio, donde el filósofo coloca la semilla de la poesía.

Los escritores alemanes desprecian el papel que juega el silencio, que no aparece ni como un ambiente afónico ni como la ausencia de voces, sino como un estado de creación. Según nuestro filósofo, el silencio es el espacio en donde aparece por primera vez esta voz a la que el poeta debe de escuchar con el tercer oído. La función del silencio entonces se vuelve fundamental pues éste termina por ser el encargado de conducir al poeta a un lugar de contemplación y quietismo previo a cualquier acto creativo pero también es el que le permite al artista crear poesía. El silencio es lo que hace visible al lenguaje.

Si seguimos el argumento de Nietzsche no nos tomará por sorpresa su idea acerca de que aprender a permanecer callado es una de las tareas más complejas que existen. Como lo explica en Así habló Zaratustra, saber cuándo debe uno guardar silencio es algo cercano a un arte. Un arte que, podríamos decir, no sólo hace perceptible ese diálogo interno que Nietzsche tanto buscó en sus largas caminatas solitarias, sino que también nos lleva a un estado de contemplación en donde puede surgir la poesía.